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16 marzo 2007

HUELE MAL.


Sin ánimo de parecer un ser irritante e irritado, debo decir y digo que estoy hasta el hipotálamo de que la gente sea una cerda. De ninguna manera daré la razón a Sánchez Dragó en lo referente a los madrileños guarros, ya que considero que este extremo es extrapolable al resto de la geografía española. Es intolerable. Estoy harto de la gente que huele mal. Puede parecer un comentario frívolo, superficial e incluso clasista. Me viene al pelo, porque atesoro entre mis escasas virtudes las tres mencionadas, e incluso creo que también podría recordar algún defecto.

Lo dicho. Estoy hasta los güevos de la gente que desprende mal olor. Todo esto viene a que ayer, en uno de mis viajes en metro se me sentó al lado una mujer mayor que no es que oliera mal, es que a aquello ni siquiera se le podía catalogar como olor. Yo, que me han educado para saber estar en cualquier situación, capee la inmundicia con todo el aplomo que pude, lo que no pude evitar fue una leve, aunque persistente, sensación de enfado. Mientras me protegía los orificios nasales como buenamente podía, pensaba lo fácil que resulta ir aseadito todo el día. Es una actividad que no requiere mucho esfuerzo, no daña e medio ambiente, con una mínima inversión en tiempo y sobretodo muy barata. Una pastillita de jabón, un desodorante y un frasco de esos de litro de colonia, queda perfectamente apañado con tres escasos euros. Me pregunto que empuja a un ser humano a ir provocando nauseas allá por donde pasa. Supongo que es dejadez, falta de educación y de civismo y así, dicho en plan castellano antiguo, ser un pedazo de cerdo.

Intenté excusar a la señora, que además de mayor tenía la mirada como ida (me esforcé por dilucidar entre las dos opciones posibles: o padecía algún tipo de enfermedad mental o su propio olor la había dejado en estado cuasi vegetativo, lo cual puedo dar fe, era una hipótesis a considerar), y aliviado me levanté del asiento antes de llegar a mi destino. Lo que terminó por soliviantarme antes de abandonar el vagón es que la jovencita que se encontraba en la puerta desprendía un hedor, distinto al de mi compañera de bancada, pero igual de infame. Pálido mantuve el tipo entrecortando la respiración para huir de aquel ataque químico, y una vez en el andén pensé lo lento de mis reflejos y mi falta de altruismo didáctico ya que podía haber instruido a la torda con una lección de higiene gratuita, en plan haberla vomitado encima, poniéndole en bandeja una excusa perfecta para darse un enjuagado.

Que asco.

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